En términos electorales, 2018 no será un año más para América latina.

Faltan elecciones presidenciales en seis países, en un escenario regional que puede marcar una consolidación de proyectos conservadores y neoliberales o bien, determinar un punto de inflexión que permita una cierta recuperación para las fuerzas progresistas de la región. México y Brasil son los gigantes nacionales que pueden inclinar la balanza en un sentido o en otro, mientras que Venezuela sigue librando una dura batalla contra la guerra económica y la lucha política para clausurar la experiencia chavista.

 

El 19 de enero se realizaron las elecciones presidenciales en Trinidad y Tobago, resultado electa por primera vez en la historia del país caribeño una mujer: Justice Paula Mae Weekes, ex magistrada de la Corte Suprema durante 11 años, quedará desde el 11 de marzo, cuando Michelle Bachelet termine su mandato, como la única presidenta en América latina y el Caribe.

 

La primera de las presidenciales latinoamericanas que restan será en el mes de febrero en Costa Rica, seguida por las de Paraguay, Venezuela (que adelantó los comicios al primer cuatrimestre), Colombia, México y Brasil. A este escenario hay que añadir el cambio de presidente en Cuba (ya que Raúl Castro anunció su retiro para abril) y algunas importantes elecciones legislativas o de gobiernos locales en El Salvador y Perú, en el mes de octubre. Fuera de calendario, podrían colarse comicios sorpresa si la crisis política peruana termina por voltear al presidente Pedro Pablo Kuczynski o si avanza el reclamo de la oposición hondureña de repetir la polémica elección presidencial que en diciembre llevó al poder al líder conservador Juan Orlando Hernández.

 

El domingo 4 de febrero, Costa Rica realizará la primera vuelta electoral, con 13 candidatos disputando la presidencia. Los que aparecen con mayores posibilidades son el referente del Partido Liberación Nacional, Antonio Álvarez Desanti; Juan Diego Castro, por el Partido Integración Nacional, y Rodolfo Piza, líder del Partido Unidad Social Cristiana. Carlos Alvarado, candidato del centroizquierdista Partido Acción Ciudadana, actualmente en el poder, queda cuarto en las encuestas preelectorales, lo que podría indicar que Costa Rica se sume rápidamente a la oleada de gobiernos de centroderecha que en los últimos años arrasaron en la región. La casi segura segunda ronda se realizaría el primer domingo de abril.

 

El 22 de abril también Paraguay deberá acudir a las urnas, en la séptima elección presidencial del país hermano desde la vuelta de la democracia en 1989. También se elegirán gobernadores, senadores y diputados al parlamento local y al Mercosur. Los principales candidatos a quedarse con la presidencia son Mario Abdo Benítez, del derechista Partido Colorado (además hijo del exsecretario privado del dictador Alfredo Stroessner, y favorito del actual presidente Horacio Cartés en las internas previas), y Efraín Alegre, candidato de la Gran Alianza Nacional Renovada (GANAR), alianza de centroizquierda integrada por el Partido Liberal y el Movimiento Guasú del expresidente Fernando Lugo. Por el momento ,el favorito parece ser el colorado “Marito” Abdo Benítez, quien a pesar de representar al mismo partido, supo despegarse del presidente Cartes.

 

En la última semana la Asamblea Constituyente venezolana, que responde al chavismo, confirmó el adelantamiento de las elecciones presidenciales para el primer cuatrimestre del año, cuando en general en ese país se suelen celebrar en diciembre (en algunas ocasiones se adelantaron por un determinado contexto político, como sucedió luego de la muerte de Hugo Chávez en 2013, en que las elecciones que finalmente coronaron al actual presidente Nicolás Maduro se realizaron en el mes de abril). Luego de la ofensiva de lucha callejera motorizada por la oposición que sufrió Venezuela el año pasado y en medio de la actual dinámica de guerra económica que ha hecho volar el dólar y profundizar el desabastecimiento (aunque la reciente suba del petróleo puede dar algo de margen), el gobierno pretende aprovechar la profunda fragmentación actual de la oposición por lo menos en cinco sectores y sin un liderazgo claro, con varias de sus principales figuras con fallos judiciales en contra que les impiden presentarse. Más allá de la crisis opositora, la oposición a la reelección de Maduro podría venir desde el propio chavismo, con la candidatura del ex presidente de PDVSA Rafael Ramírez. En una durísima carta de fin de año contra Maduro, Ramírez escribió: “Que yo sepa, no tenemos candidato. Yo soy miembro de la dirección del PSUV, del equipo político del comandante Chávez y hasta ahora no se ha dado ninguna discusión en este sentido”.

 

Desde Estados Unidos y Colombia ya se hizo sabe que no se reconocerán las elecciones venezolanas por considerarlas “ilegítimas”. Altos funcionarios del Departamento de Estado plantearon esta semana: “Nuestra posición y la posición de la comunidad internacional es muy clara. Estas elecciones serán ilegítimas, los resultados no serán reconocidos. El Gobierno venezolano necesita hacer reformas electorales significativas que permitan unos comicios verdaderamente libres, justos, transparentes y creíbles bajo la observación internacional”. “La decisión de la ilegítima Asamblea Constituyente de convocar elecciones anticipadas, incluso con las negociaciones en marcha entre la oposición y el régimen de Maduro, mina esas conversaciones y mina la capacidad del pueblo venezolano de participar significativamente en abordar las múltiples crisis que ha causado el régimen de Maduro”, añadieron desde el Departamento de Estado, para sumarle presión externa a una situación de por sí muy complicada en una República Bolivariana de Venezuela que en el mes de abril decidirá si continúa respaldando en las urnas al chavismo, como en las últimas elecciones.

 

Colombia tendrá sus presidenciales el 27 de mayo, pero probablemente defina al próximo presidente en la segunda rueda del mes de junio. Las ex fuerzas guerrilleras de la FARC (con el nuevo acrónico de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) presentan por primera vez candidato a presidente, pero las encuestas ubican a Rodrigo “Timochenko” Londoño lejos del lote de favoritos. Más allá de que su candidato no aparezca en principio con posibilidades, la cuestión de los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC son el principal parteaguas para los candidatos. Aunque todavía queda tiempo para eventuales alianzas, por el momento los candidatos que respaldan los acuerdos son Humberto de la Calle (uno de los principales negociadores con la guerrilla) , el exalcalde de Bogotá Gustavo Petro y el exgobernador de Antioquía, Sergio Fajardo, que al momento encabeza las encuestas. Los críticos de los acuerdos de paz se referencian con el uribista Iván Duque y la conservadora Marta Lucía Ramírez, mientras que el ex vicepresidente Germán Vargas Lleras mantiene una posición más intermedia.

 

El 1 de julio será el turno de México, en unas elecciones clave para la región que podrían marcar la llegada a la presidencia del izquierdista Andrés Manuel López Obrador, que encabea casi todos los sondeos. AMLO, como se lo conoce en México, estuvo por llegar a la presidencia en 2006 (finalmente ganó Felipe Calderón por medio punto en unas elecciones que fueron reiteradamente denunciadas como fraudulentas) y en 2012, cuando perdió por poco con el actual presidente Enrique Peña Nieto. Sin embargo, en esta ocasión López Obrador no va como candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD) sino de una coalición liderada por su Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA). Por el momento, José Antonio Meade, el candidato del oficialista PRI parece ser su principal contendiente, pero Ricardo Anaya, el joven candidato del Frente por México (inesperada coalición del PRD con el conservador PAN), viene creciendo fuerte en las encuestas. También irrumpió con fuerza en el panorama electoral la médica tradicional María de Jesús Patricio Martínez, alias Marichuy, una referente apoyada por el zapatismo.

 

Para cerrar el año electoral, Brasil celebrará uno de los comicios más decisivos para la geopolítica latinoamericana el 7 de octubre, con una segunda vuelta programada para el 28 del mismo mes. El panorama institucional se ha complicado notablemente en esta última semana, con la decisión judicial de ratificar la condena contra el ex presidente Luis Inacio “Lula” Da Silva, que en viertud de la ley de “Ficha limpia” no podría candidatearse luego de la ratificación de la condena en su contra por la presunta adquisición irregular de un departamento mientras era presidente definida por el juez Sergio Moro en julio pasado. Este miércoles un Tribunal de apelaciones no sólo ratificó sino que aumentó la condena de 9 a 12 años de prisión contra Lula quien, sin embargo, reiteró sus intenciones de candidatearse.

 

Al día siguiente del fallo, la dirección del PT decidió ratificar públicamente la candidatura de Lula por considerar que la condena fue realizada “absolutamente sin pruebas” (posición compartida por diversos analistas jurídicos de Brasil y del mundo que consideran que se trató de un fallo eminentemente político) y que el único objetivo de la condena es la proscripción del referente progresista, que es el favorito en todas las encuestas brasileñas. Los candidatos que buscan oponérsele están muy por debajo en intención de votos, con el partido del actual presidente Michel Temer, el PMDB, directamente en la categoría “otros”. El principal candidato del conservadurismo brasileño es el militar retirado Jair Bolsonaro, conocido como el “Trump brasileño”, un personaje que durante el impeachment a Dilma Roussef fue capaz de jurar por el coronel que la torturó en la dictadura, autor también de numerosas declaraciones contra los negros, los homosexuales y las mujeres. Algo más atrás en las encuestas aparecen Marina Silva (REDE) y Geraldo Alckmin (PSDB).

 

Indudablemente 2018 será un año crucial para redefinir el equilibrio geopolítico latinoamericano en el que las elecciones, en muchos casos fuertemente atravesadas por injerencias judiciales, pueden confirmar un rumbo conservador para la región o marcar el inicio de una reacción de los gobiernos progresistas contra la ofensiva neoliberal en el continente.