La guerra comercial condiciona el documento final. La cita de Trump y Xi Jinping es por eso la estrella de la cumbre. Pero hay otras disputas y efectos, en especial para los países emergentes.

La marcha de ayer contra el G20, en cambio, no ve matiz ni diferencia alguna.

 

La cumbre en la cumbre. Todas las miradas, empezando por las de los líderes mundiales reunidos en Buenos Aires, están puestas en la cita de Donald Trump y Xi Jinping, esta noche, algo así como el otro y trascendental cierre del G20. La guerra comercial entre Estados Unidos y China condiciona hasta la suerte del documento final que se viene negociando con puntos y comas. Esos crujidos generan zozobras a todos. Y Argentina lo padece en su doble condición de organizador del encuentro y país emergente.

 

Cuesta entender entonces cómo es posible ver al G20 como un organismo internacional estructurado, dirigido en una dirección lineal y en base a un sustento político más o menos homogéneo. Eso, cuando allí se expresan múltiples disputas, que exponen entre otras rispideces diversas formas de nacionalismo. Y el punto, complejo, es que de algún modo la globalización está realmente en discusión entre sus principales animadores, muchas veces con el mismo combustible de los embates que van en contra de la integración y el multilaterismo.

 

Nada de esto parece ser percibido o evaluado por la izquierda y el progresismo movilizados ayer, a juzgar por el tono de las declaraciones y carteles.

 

Tampoco registran las pinceladas nítidas en la tensión generada alrededor de los acuerdos sobre cambio climático. A su modo y con un foco preciso, lo expresó Emmanuel Macron en la bilateral con Mauricio Macri. Lo hizo para apoyar algunos de sus reparos al acuerdo entre Mercosur y UE: destacó la posición de Jair Bolsonaro en materia de medio ambiente, similar a la de Trump. El presidente francés lo señaló como un tema de competencia desigual. Pasó algo inadvertido.

 

Sin embargo, se trata de una cuestión mayor. Las posiciones encontradas sobre el cambio climático, y más aún las enormes dificultades para generar un consenso global en este rubro, constituyen el otro segmento especialmente ríspido que enfrentan los negociadores del posible documento final de la cumbre. China tampoco es precisamente un ejemplo en esta materia.

 

No son los únicos problemas abiertos, ni las diferencias aluden exclusivamente a la pulseada entre Trump y Xi Jinping. Vale un ejemplo europeo: las políticas sobre inmigrantes y el propio destino de la UE. El impulso conservador al Brexit, con sus idas y vueltas, es un motor de tensiones internas, con el agregado del vuelco crítico que reflejan recientes encuestas. Con sus particularidades, inquietan además las señales del gobierno italiano. Síntomas variados de las nuevas vueltas nacionalistas de derecha.

 

Por supuesto, ese fenómeno no es exclusivo de una vereda ideológica, teniendo en cuenta además que esas veredas exhiben límites borrosos. En un artículo publicado hace tres semanas en Clarín, Rodolfo Terragno analizaba casos extremos, si se quiere, frente a los inmigrantes, especialmente en Alemania, y advertía sobre “la dramática conversión de fuerzas de izquierda a la xenofobia”. Ponía la lupa sobre este fenómeno reciente, pero no estrictamente novedoso: la historia de la izquierda aporta capítulos incluso más trágicos de racismos y otras persecuciones.

 

No es lo que ocurre aquí en semejante dimensión. Está claro. Pero es llamativo el modo de plantarse ante fenómenos globales -complejos, para nada monocolores- de sectores de izquierda y de franjas progresistas locales. Expresan simplificaciones, lejos de aportes de otra época al pensamiento crítico, compartido o no.

 

Fue ilustrativa la marcha de ayer contra el G20. No podrían asombrar los fuertes cuestionamientos al Gobierno. Son sectores que confluyen en ese punto, más allá de otras diferencias, sacrificadas en el altar de las razones tácticas. Tampoco, que grupos allegados al kirchnerismo –minoritarios ayer en la calle- expresen enojos que no afloraban con anteriores presencias argentinas en anteriores G20. Todo eso hace al juego interno.

 

En cambio, la letra del documento que animó la marcha exhibe un aplanamiento en la mirada sobre lo que ocurre frente a la vista de todos en Buenos Aires. La declaración iguala desde el título G20 y FMI. Y califica al G20 como “el club privado de las potencias imperialistas”. No hay matices, ni diferencias, ni disputas coyunturales.

 

Visto así, se trataría de un bloque que coloca como socios a Estados Unidos, China y Rusia. Y como parte de la misma estructura a países y gobiernos disímiles: Alemania, Francia, Italia, Canadá, Australia, sin contar a Brasil o México. En la declaración de convocatoria a la marcha, los emergentes son descalificados como naciones llamadas sólo “a poner la mesa”.

 

No importarían entonces ni los diferentes desarrollos, ni los diferentes regímenes políticos. Es un sistema pero, en la letra de otros tiempos, no merecerían consideración alguna las contradicciones intrasistema. Nada. O sólo el riesgo, en espejo, de confundir lo que se imagina enfrente y no discriminar lo que se amontona al lado.

 

En esa mirada, la cita entre Trump y Xi Jimping sería un dato menor. No lo es para buena parte del mundo, que tiene puesta la mirada en Buenos Aires.