También podría formar gobierno con Podemos o con Ciudadanos.

El próximo desafío es lograr mayor diferencia en las elecciones europeas del 26 de mayo.

 

Si hay prueba de que la estrategia de Pedro Sánchez al frente del PSOE fue exitosa es que, a pesar de no obtener mayoría propia, tiene tres opciones para formar gobierno. Y una la enunció él mismo en el segundo debate presidencial: intentar gobernar con personalidades independientes de la política pero con la suficiente legitimidad para alcanzar una formación sin el aporte de ningún otro partido. Sucede que hace una semana, cuando lo dijo, muy pocos lo creían posible, ni siquiera en el socialismo.

 

Las otras dos están a la vista. Una, la ofreció Pablo Iglesias antes y después del día del comicio, que es la conformación de una coalición de izquierda, lo que significaría para Unidas Podemos un salto cualitativo en cuanto a responsabilidad política. También marcando un antes y un después, Sánchez le agradeció a Iglesias el aporte de su partido a la gobernabilidad, habiendo respaldado gran cantidad de iniciativas que el PSOE llevó al Congreso. Sin embargo, nunca dejó claro que aceptaría esa propuesta, porque tampoco sabía hasta dónde podría necesitar su respaldo.

 

La otra estaría, en principio, descartada. Sería una coalición entre PSOE y Ciudadanos, al que Albert Rivera se opuso enfáticamente cada vez que tuvo la oportunidad, buscando consolidarse por líder de la oposición. Sin embargo, Sánchez tampoco se cerró a esa posibilidad, ni siquiera ayer después de que su militancia, arropada en el triunfo, le gritaba a las puertas de la sede partidaria “con Rivera no, con Rivera no”. “No voy a poner cordones sanitarios como hizo Ciudadanos con el PSOE, la única condición será respetar la constitución”, contestó magnánimo, ante los millones de españoles que estaban viendo sus primeras palabras después de la victoria.

 

Sánchez está demostrando una notable prudencia ante el poderoso establishment español, que teme un gobierno de izquierda que hunda una economía que ya está paralizada y que carga con un desempleo del 14.7%, a la espera de las definiciones políticas. Tampoco se lo ve apurado por tomar decisiones. Claramente, está buscando la definición de los otros actores antes de ponerse a negociar y tiene un objetivo de corto plazo que no piensa desatender, como es la elección de los eurodiputados que se realizará el próximo 26 de mayo, donde quiere reforzar la victoria que tuvo ayer.

 

Es que lo primero que tiene que borrar Sánchez es la suposición de su gobierno no alcanzará a durar cuatro años, como piensa buena parte de la derecha, convencida de que se trata de un gobierno de transición que implosionará pronto.

 

Por el contrario, el líder del PSOE está convencido de que están dadas las condiciones para quedarse no solo cuatro años, sino ocho, cumpliendo un nuevo ciclo político en la historia española, que volverá a tener al socialismo en el centro de la mesa, como no sucedía desde la década pasada.

 

“Gobernar en solitario”, como repiten la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo y la presidenta del PSOE y senadora electa, Cristina Narbona, es hoy una utopía posible no tanto por la cantidad de escaños que logró el socialismo, sino porque el desplome que sufrió el PP bajo el liderazgo de Pablo Casado, que logró menos escaños que nunca en su historia. Además, porque Vox no fue el fenómeno político ineludible que ellos mismos creyeron y podrían diluirse más temprano que tarde.

 

El error estratégico de Casado fue creer en el humo que generó Santiago Abascal sobre el respaldo que obtendría, lo que llevó al PP a tomar posiciones de ultraderecha en las que en no creen taxativamente, dejando el espacio del centro derecha a Ciudadanos, que estuvo a 200.000 votos de arrebatarle el segundo lugar, detrás del PSOE.

 

“Ser el timón de un barco que tiene que seguir su rumbo”, como dijo la vicepresidenta hoy en declaraciones radiales, el sueño de un socialismo que recupere centralidad y se transforme en un faro progresista y pro europeo era inimaginable hace pocos días atrás.

 

Todavía es prematuro para saber si Sánchez podrá lograrlo o no. Por lo menos, obtuvo el tiempo para pensarlo. La manera en que pueda administrarlo es la clave para conocer su futuro. Si se toma más tiempo del necesario, puede escorar. Y si se confía demasiado, directamente puede chocar.

 

Sánchez usó los 10 meses en el gobierno que alcanzó por una inédita moción de censura en la que pactó con los independentistas para hacer campaña, dilapidando el presupuesto que Mariano Rajoy había equilibrado a costa de un feroz ajuste. Ahora el líder del PSOE tiene que pensar como el presidente que nunca fue del todo, asumiendo la responsabilidad del gobierno para sacar a España del riesgo de la recesión y llevarla por el sendero del crecimiento en el que la había colocado el gobierno del PP.

 

Colocarse en el centro y mostrarse moderado fue la clave de su buen desempeño en unas elecciones que hubiera preferido dar un tiempo más adelante y evitando un debate que puso en riesgo el capital político que construyó con laboriosidad. Pero no tuvo un debate, sino dos. Salió airoso y ahora tiene el lujo de manejar los tiempos, mientras se prepara para las elecciones europeas, cuyos líderes empezaron a saludarlo.

 

Como si fuera poco, tuvo una gran noticia. Que Carles Puigdemont, Toni Comín y Clara Ponsatí, los tres fugitivos de la justicia por ser encontrados culpables de incumplir la constitución al declarar la independencia unilateral de Cataluña el 27 de octubre de 2017, no podrán ser candidatos a diputados europeos, por decisión de la Junta Electoral General.

 

El recurso lo habían presentado el PP y Ciudadanos, pero resuelve un severo problema de posicionamiento de España hacia la Unión Europea y el mundo. No es poco para un partido que en pocos días cumplirá 140 años que, como dijo hoy a última hora en conferencia de prensa secretario general del partido, José Luis Avalos, “frenó la ola reaccionaria que azota a otras democracias europeas”.